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LA BARRENDERA. (1) Calle Hope, 3

Calle Hope, 3

El despertador sonó como cada día a las siete de la madrugada. Bostezó y se levantó. El ambiente era frio.
El invierno está siendo duro. Por suerte, ahora soportaba bien las temperaturas extremas. Vive en un pequeño ático, con tres dependencias, alcoba, sala comedor y un mini lavabo. Se viste rápido, ilusionada por su nuevo destino.
Ya hacía casi un año y medio que regreso a National City. Con lo que ahorro en sus trabajos precarios en Nova York y lo que heredó de su amiga, pudo comprarse un ático cerca del barrio Sud. Solicito trabajo en el equipo de limpieza del ayuntamiento y lo obtuvo. Al principio sólo fue suplente hasta disponer de su propia plaza. Y por fin se le había traslado al barrio Sud, más cerca de lo que más ambicionaba.
Salió a la calle cantando una canción. Se le enseño su mejor amiga Flora, su guía en la oscuridad en que cayó. Se fue de National City confiando que su suerte cambiaría, pero no fue así. Termino callejeando, pidiendo limosnas y comiendo de restos inmundos de comida hasta que la conoció. Era una gata vieja, que podría haber salido de la pobreza extrema pero la prefirió. Sola y algo antisocial. La adopto porque la vio tan indefensa y derrotada. Sí, le debía la vida y el haber recuperado la dignidad.
Salió a la calle y se dirigió a su nuevo destino andando. La mayoría de los hombres siguen volteándose para admirarla, y solían experimentar una mezcla de lujuria y extrañeza al verla con el mono de barrendera.
Su nuevo compañero, Joseph, un cuarentón separado no evita explorarla descaradamente cuando llega al cobertizo de la limpieza. Se conocían de haberse visto en la sede de la brigada. La barrendera era muy famosa. A la mayoría les extrañaba que una chica tan hermosa se dedicara a aquello. A pesar de qué en los últimos tiempos había descuidado su aspecto e ya no era adicta a los cosméticos, a las tiendas de estética y las de ropa. Si no usaba el uniforme del trabajo, solía ponerse viejos pantalones y camisetas informales. La palabra que mejor la definía era sencillez.
Su pelo era negro, completamente liso. Lo solía llevar recogido en una impersonal coleta. Su piel por su natural blanca, estaba algo bronceada por su arduo trabajo en el aire libre. Sus ojos verdes-azules claros, solían hipnotizar en antaño, tenían un velo de misterio y melancolía. Se había labrado la fama de ser muy seria, trabajadora, escueta de palabras y muy reservada.
- Lena no te acostumbres a llegar tarde, hay mucho trabajo y no estoy dispuesto a currar más.- le advirtió su nuevo compañero. No solía ser impuntual, pero a veces se le pegaban las sabanas. Sólo le sonrió. Solía pasar de aquellos pequeños fastidios cotidianos. La vida ya era jodida por sí sola y había otras cosas más importantes que cumplir a raja tabla un horario laboral, cómo la calidad del trabajo.
Sacó su carro de limpieza del pequeño cobertizo, se aseguro que no le faltará nada: bolsas, escobas, agua, rasqueta y los guantes. Joseph ya había empezado a barrer la misma acera y ella se dirigió a la contraria.
El barrio Sud, era la antigua urbanización de la clase media de la ciudad. En el boom inmobiliario de los años 90, se construyeron casas unifamiliares, parecidas entre sí, con su pequeño jardín. Pretendían ser una copia barata de las familias más pudientes de la zona, que residían a barrios más periféricos.
Era una zona tranquila para poder establecerse y criar a tus hijos. En cierto modo, era como un pueblo en medio del bullicio de una gran ciudad. Cada calle llevaba nombres significantativos, que pretendían recordar los valores que imperaron en aquella urbanización. Entre ellos, paz, amor, prosperidad, riqueza, sueños...
En el centro del barrio, había un parque con robustos robles, setos en un lateral figurando un laberinto, en medio un pequeño estanque de agua con algún pato y una zona con columpios, tobogán y arena. Un espacio algo bucólico, ideal para tomarte un respiro en un día intenso.
Barrio con más energías, consciente que estaba cerca de llegar a la calle Hope, o de la esperanza. Era su palabra favorita, la que se agarraba cada amanecer. Había estado otras veces en ella e ya conocía cada rincón. Las casas allí estaban articuladas y su originalidad recaía en sus jardines, separados de los unos de los otros, por altas mamparas de madera.
Su jardín preferido era el de la calle Hope, número 3
Su jardín preferido era el de la calle Hope, número 3. Disponía de un gran sauce, algo viejo y frondoso. Debajo de él un antiguo balancín y un banco de madera oscura. El césped estaba muy bien cuidado. En los bordes había plantado rosales rojos, magnolias, flores de temporada y plumerías las preferidas de Lena. En las mamparas de separación de las casas, había una extensa trepadera que en primavera florecían unas pequeñas flores blancas y amarillas. En la repisa de una de las ventanas había varias figuras de gnomos.
Era espacial pasearte cerca de él, te anestesiabas con los aromas florales, el canto de los pájaros de paso y de los que se paraban a disfrutar de aquel manjar para todos los sentidos.
Lena se emociono al entrar a la calle Hope y ver su casa preferida. Vio que en la pared de la entradita del jardín, que era de madera, habían añadido un gnomo enorme que sostenía un rotulo de bienvenida en el cual habían añadido: "Familia Danvers".
Eran casi las ocho de la madrugada y pronto pasaría el bus escolar. Se para enfrente de su casa metiche y admira su jardín. No le importo que su compañero le clave una mirada asesina. Lo ignora. Como previa la puerta marrón de la casa Danvers se abrió. Salieron un niño de 8 años, de piel morena, seguido por su protectora madre, una mujer alta de unos cuarenta años y pico.
El niño se veía feliz, alegre y tranquilo. Lena no evito cruzar la calle, para mirarlo de más cerca. Coge la escoba y barre de forma lenta, mientras trata de escuchar su conversación.
- Mama, extraño mucho a mis hermanas. ¿Cuándo vendrán?
- A Álex, tardaremos tiempo en verla, ya sabes tiene un cargo importante en la NASA. Y Kara vendrá muy pronto.
- ¿Y se quedará con nosotros?
- Quizás, por una temporada sí. Ha terminado la carrera de periodismo y está buscando trabajo.
- A lo mejor lo encuentra aquí y no se tenga de ir tan lejos.- deseo el adorable niño muy entusiasmado, se notaba que quería a sus hermanas.
- Brian, recuerda que todos te queremos mucho. Puede que tus hermanas estén lejos de nosotros, pero siempre te querrán y las tendrás a tu lado.- le contó dulcemente.
Lena se emociono con las palabras de la mama Danvers. No evito pensar en su ácida madre, que la trato como si fuera otra de sus infinitas posesiones. De su sofisticada boca sólo salían imperativos: ponte el vestido de princesa, debes de estar impoluta por dar una buena impresión a los clientes de tu padre, no te muerdas las uñas, compórtate como una señora...
El claxon del bus escolar sonó. Madre e hijo se incorporaron. El niño de color se despidió de su madre, que a pesar de su edad conservaba un cutis blanco impecable y con pocas arugas, y entro como un huracán en el bus. Lena se quedó parada observando toda aquella escena, literalmente se le caía la baba.
El hechizo perduro más allá de aquella enternecedora escena. La devolvió a la realidad una frase lacerante de la madre de Brian.
- ¿Y que mira usted con tan interés?- la barrendera se colorea por sentirse descubierta.- No tolero a los racistas.
- Tiene un hijo muy hermoso.- dice de inmediato Lena, sintiéndose algo torpe. No pretendía alarmar a esa familia. Creía que ser barrendera sería la tapadera perfecta por pasearse por aquellos lares.- Disculpe si le he incomodado... Me encantan los niños.
- Perdone, la gente suele ser muy cruel. Por desgracia sigue existiendo personas muy racistas.- no oculto la rabia que sentía. Lena dedujo que Brian ya había sido víctima de la intolerancia humana.
- Eso le ayudará a ser más fuerte.- no evita decir la barrendera.
- Es injusto que un niño, un ser tan indefenso, se le desprecie por su color de piel.- dice con vehemencia aquella madre desolada y luchadora.- Temo que le destrocen más la infancia.
- Animase mujer, suerte tiene de ustedes.- en este instante empieza a gritarle Joseph de forma despectiva.- Lo siento, me tengo de ir.
- Un placer. ¿Sustituye a Manolo?- se refería al barrendero anterior, que se había jubilado.
- Sí. Nos iremos viendo por aquí.- informa Lena, con una de sus sonrisas caras de ver.
Su primer día barriendo en el barrio Sur se termina. Todo tiene su fecha de caducidad, tanto lo bueno y lo malo. Se siente más feliz y viva que nunca. Le apetece asistir a la universidad, para retomar las clases de Ciencias Empresariales. Una ironía del destino. Antes lo odiaba. Llego a desobedecer a su padre, como un simple acto de rebeldía. No obstante, con el tiempo lo vio de utilidad.
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Nota de la autora
Espero que os siga motivando la historia. ¿Es lo que imaginabais? O quizás es aún pronto...

 

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