Hoy es el día de las historias inacabadas, inconclusas. Aunque, no descarto terminarla algún día. Me la aprecio y merecería ser contada hasta el final. Es un drama. Es una historia de amor prohibido, fatídica. La tengo casi terminada en catalán y decidí contarla en castellano.
Vidas perdidas…
Elena se miró
al espejo, como cada mañana. Otro día para afrontar. Otro día laboral, en la
empresa familiar. Su destino era programado, moldeado por su ambicioso y severo
padre. No obstante, tampoco iba al trabajo con hastió. Al contrario, le terminó
de gustar. Se convirtió en la perfecta heredera de la familia Cuesta.
Terminó de
maquillarse y sonrió. Lo hacía poco. No en vano se ganó el apodo de severa. Sus
subordinados la respetaban. No se podía quejar. Incluso, la relación con su
padre había mejorado.
Miro su
habitación, la de su niñez y tierna juventud. Había mantenido la decoración
intacta. Fuese por nostalgia o despreocupación. En aquellos instantes, ya daba
igual pues pronto se casaría y dejaría la mansión familiar. Deseaba aquella independencia.
Por unos
minutos, se permitió el lujo de pensar en su pasado más reciente. El dolor aún
existía. No merecía la pena sumergirse en él. Cuando decidió quedarse con lo
más positivo, todo le iba mejor.
Sí, tuvo un
accidente. Fue horrible, porqué realmente quería morir en él. No obstante,
ocurrió un milagro. Conoció a su prometido. Era médico y le salvo la vida. Una
existencia prometedora, estable, exitosa…
Decidió que ya
era hora de irse. Cerró la habitación. Por las escaleras se cruzo con su madre.
La cual le recordó que por la tarde habían quedado con el organizador de la
boda.
- Madre, creó
que no hace falta que venga.-le dijo sin pensar.- Confió en tu criterio.
- Es tu boda,
deberías hacerlo tú- le recordó Gardenia. A veces, no reconocía a su hija. De
echo, podría decir a partir de qué momento su hija había cambiado, doblegándose
a la voluntad de su marido.
- No me importa
la boda, si vosotros queréis una gran fiesta os lo dejo a vuestras manos.- le
dejo ir. Carlos, su prometido, y ella en ningún momento habían deseado una bona
con casi 500 invitados.
- De acuerdo.
¿También tengo carta libre para invitar a quién quiera?
- ¿Qué no lo
habéis hecho?- sacando una ira irracional, fuera de sitio.
- Se que estas
ofendida porqué tu padre no desea una boda sencilla. Pero entiende, que tenemos
muchos compromisos.- las dos sabían que representaba pertenecer a la gran
familia Cuesta.
- Sí, lo sé.
Por esto os lo dejo a vuestras manos.- intentando frenar su ira. Siempre fue
una mujer práctica.
- Como quieras.
Así invitaré a Silvia Constantinopla y a Isabel…
- ¿Cómo dices?
¿A Isabel? No te atreverás.- su tono era amenazante. Aún el tiempo
transcurrido, seguía sin poder escuchar aquel nombre.
- Elena, no
dejan de ser tu tía y prima.
- ¿A caso no
tienes memoria madre?- le reto con la mirada, las dos recordaban que ocurrió.
Aunque, ya hacía tiempo de aquello.
- ¡Ah, hija debemos
pasar página!-desdramatizo.- Tanto ella y tu, habéis rehecho vuestras vidas. Tú
eres feliz. ¿No?
- Mira, respeto
a mi tía hace lo que quieras. Pero, por favor, a su hija no. A mi padre de daría
un infarto. – obvio su última pregunta.
Gardenia la dio
por imposible. En el fondo, estaba triste. ¿Cómo dos primas habían terminado
odiándose tanto? Pero no dijo nada más, seguía siendo un tema tabú. Elena jamás
hablo de ello, incluso tras volver de Londres. De hecho, cuando regreso ya
había cambiado.
Elena se fue,
tratando de reconquistar la calma. ¿Cuál era el por qué de su irracional furia?
Su madre tenía razón, había reconducido su vida. El pasado quedaba tan lejos…
¡Tanto! Aún así, su odio por su prima
era algo latente. No quería mezclarse más con ella. Dudaba de ello, porqué
Isabel se movía a otros círculos muy lejanos a los de ella.
(…)
Otra noche como
las de antaño, de discoteca a discoteca. ¿Por qué se había dejado convencer por
su amigo?, pensó la chica. Nada merecía la pena. Nada seria igual. Su mala
suerte no la abandonaba. Pocas ilusiones seguían en pie.
Sí había
llegado a ser una fotógrafa de éxito. ¿No obstante, y que? Su vida sentimental
era nefasta. Le habían roto el corazón tantas veces. Cuando por fin creyó que
su vida se estabilizaba, al lado de Cristina esta la dejaba
incomprensiblemente.
- ¿Por qué?- se
preguntaba repetidas veces la chica en los servicios.- Te lo di todo, incluso
deje las drogas…
Jamás lo sabría
porqué su ex pareja, una importante diseñadora de Paris, la dejo el día
anterior. Sin motivo aparente. Quizás, se había terminado el amor. Era cierto,
que habían caído en una inercia…
Sus ojos azules
estaban empañados por lágrimas. Sentía que su vida se estaba hundiendo sin
remisión… Su mente era invadida por todas sus tragedias. Para empezar, ya haber
nacido había sido un error. Sus padres tuvieron de casarse a la fuerza.
Su madre, por
aquel entonces, una dependiente de un supermercado no fue aceptada, jamás, por
su suegra. Ella distaba de ser la mujer para su hijo predilecto. No mostrando
respeto por los sentimientos de su hijo, se dedico la buen parte de su
matrimonio haciéndole la vida imposible. Lo que condujo a la separación del
matrimonio.
Su padre, el
hijo pequeño, de los grandes patriarcas de los Cuesta, era débil. Jamás, se
opuso a la crueldad maternal. Jamás lucho para salvar su matrimonio. Gabriel,
era así. Para su hermano era un vividor. Nada aportaba al negocio familiar.
Isabel, no lo
trato mucho en excepción de sus años de adolescencia. Igual que el resto de su
familia paterna. Su madre la tuvo alejada de aquel mundo de alto postín. Su
abuela jamás le profeso afecto, ni se preocupo por ella. Era como si no
existiera.
Todo aquello
cambio cuando cumplió los 17 años, pues su padre se le despertó los instintos
paternales. Silvia, por hacer lo correcto, trato que ella fuera, casi cada fin
de semana, a Barcelona con él.
Al principio,
se negó. Gabriel, su padre, era un completo extraño. Aunque, a la larga halló
placer en aquellos viajes. En fin, aquella era otra cuestión que terminó siendo
muy dolorosa.
Quería dejar de
pensar, de existir. Cogió un papel de su bolsa, donde extendió una raya de
cocaína. Ya todo lo era igual. Una tras otra…
Ella era Isabel
Cuesta Constantinopla, la nieta que jamás debió nacer. La nieta innombrable. La
hija perdida. La oveja negra de la familia. Mil veces renegada, por haberse
negado a esconderse. No había dejado que la cambiasen, que la doblegasen.
Había vivido
con dignidad su homosexualidad. Aunque, era cierto que había descendido a los
confines del infierno. Siempre huyendo de algo, destruyéndose… Quizás fue
masoquista, pero ciertas perdidas le dolían mucho más.
Su nariz empezó
a sangrar. Una pequeña epistaxis sin importancia. La sangre descendí
libremente, llegando a acariciar sus labios y caer, algunas gotitas, por el
suelo. Pensó en Jesús, en su calvario. Deseo su mismo destino. Su dolor no se
veía…, pero existía. Quizás, jamás había dejado de existir.
Cuando la
pequeña epistaxis de la nariz se había terminado, salió. Quería bailar, bailar,
bailar sin parar. Evadirse de todos sus recuerdos. No era así. Su mente seguía
zarpando entre su pasado en Cataluña y su vida de Paris.
Los años
estudiando fotografía, sus escarceos amorosos, las drogas… Cristina y Cristina…
Se conocieron en una discoteca. Las presento su amigo Francis. No era una mujer
hermosa, ni era su tipo. Ya lucia su pelo corto, al estilo chico. No obstante,
era una mujer que imponía, por su carácter fuerte y atractivo. Su sonrisa la
derritió.
Conocerla le
había sacado de los bajos fondos, de los trabajos de medió tinta, mediocres de
fotógrafa de barrio. Había triunfado en el mundo del modelaje. Aunque, siempre
fue aquella su ambición, lo que más valoro de Cristina fue el afecto que le
dio. Le hizo sentir importante, valiosa.
Junto a ella,
pensó que su pasado era una sombra vacía. La paradoja era que Cristina la
acusaba de su fracaso como pareja. Alegando, de qué seguía pensando en lo
ocurrido ocho años atrás.
- Isabel,
Isabel…- la estaba llamando un hombre muy atractivo.
- Francis,
estoy aquí- le saludo, levantando la mano.
Su amigo se le
acerco, estaba algo sulfurado. Hacia rato que la buscaba, estaba algo
desesperado. Temía lo peor. Conocía la extrema fragilidad de su amiga. Al
localizarla, se relajo. La observó des de lejos. Le parecía, des de siempre,
una chica muy preciosa. Aunque, la mala vida, el trabajo intenso la habían
marcado demasiado.
Isabel Cuesta
Constantinopla, era una chica muy alta y delgada. Su naturaleza siempre fue
así. Aunque, últimamente había perdido algunos kilos. Reflejaba una extrema
fragilidad. Le despertaba el instinto de protección. Su pelo era largo y completamente
liso, de un marrón claro. Era una ninfa de un bosque inanimado.
Su novia se
ponía celosa, cuando hablaba con ella. Pudo haber un tiempo que la quiso más
que amiga. No obstante, jamás le mintió. Con el paso del tiempo, se
convirtieron en amigos del alma. Los dos sabían que podían contar con el uno y
con el otro, incondicionalmente.
Francis, sabía
que su amiga se estaba hundiendo otra vez. Creyendo que estaba maldecida. Su
abuela, cruelmente, la humillo tanto que creía que solo conocería la mala suerte,
la inmundicia… La conocía y intuía que ya había vuelto a acariciar las drogas,
para vía de huida.
Al llegar a su
altura, al mirar los ojos lo supo. Otra vez, descendiendo al infierno. Le cogió
por la espalda. Ella protestó. No se dejo vencer, hasta conseguir sacarla de la
discoteca. El aire la regresó a la realidad.
Lloro todo lo
que fue incapaz de llorar minutos antes.
- No puede ser
cierto, Cristina no puede haberme dejado. ¿Por qué? ¿Por haber amado a la
persona inadecuada?- estaba desvariando, mezclando cosas de su pasado con el
presente.
- ¡Ya basta
Isabel!- exclamo su amigo, zarandeándola.- Tu pasado no tiene la culpa. No
termino de comprender a Cristina, pero seguro que tiene una explicación. Si la
quieres, no dejes que te aparte así de su vida. No hay que dar las cosas por
hechas.
La catalana, se
le quedo mirando. Sus ojos eran grandes, expresivos y de un azul marino. Su
pelo estaba alborotado, muy rebelde. Su mirada era de cordero degollado. Había
acariciado una raya de esperanza.
- La quiero.-
reconoció, haciendo callar una voz interior que le decía todo el contrario. No
obstante, la ignoro. Había mil formas de amar a alguien y algunas solo eran
idealizaciones.
- Pues mañana,
te vas a verla y le dices lo que me has dicho a mi- le aconsejo Francis.
Aunque, capto sus reservas. Siempre existía aquel doble fondo, que no salía a
la superficie.
- Sí, lo haré-
se juro, muy convencida de ello. Deseaba acariciar la estabilidad que le
ofrecía Cristina.
Se metieron en
el coche de su amigo, un empresario emergente. El día siguiente sería otro día.
Quizás, sus promesas padecerían. Había aprendido, que la vida de las palabras
era corta. Demasiado frágil.
(…)
Otro amanecer,
otro despertar. Vestirse, mirarse al espejo. Otro día que haría tarde al trabajo.
No le preocupaba. Al ser la heredera de los Cuesta, se podía permitir aquel
lujo. Aunque, a su déspota padre no le gustase. Quedaba un mes para su enlace.
Bajo por las
escaleras, observando los cuadros de sus antepasados. Todos ellos presuntuosos
y pretendiendo ser más de lo que eran. No eran aristócratas, solo burgueses
emergentes.
Gracias a las
fábricas textiles se cubrieron de oro. Cuando estas dejaron de ser rentables,
supieron adaptarse. Debería de estar orgullosa de continuar con aquella saga,
manteniendo su negocio.
Aquel día no le
apetecía ir a trabajar. No obstante, el sentido del deber le impedía rebelarse.
Siempre había sido así. Ella y el deber. Su madre, salio del salón al sentirla
bajar del piso. Parecía que la espiara. Pendiente de sus movimientos.
Seguía enfada
por haberle sugerido invitar a su prima. No lo entendía. ¿Después de tanto
sufrimiento, aún pretendía que viniera a su boda? Hacía años que no se veían,
de hecho ocho años y medio. ¿Por qué romper aquella inercia? Siempre, creyó que
era mejor dejar las cosas tal como estaban, a varios kilómetros de distancia.
Iba a saludar a
su madre, cuando el timbre de la puerta sonó. La criada fue a abrir la puerta.
De inmediato, supo que se trataba de su mejor amiga.
Claudia era una
chica alegre, muy independiente. Vivía sola en un ático del barrio gótico de
Barcelona. Era decoradora de interiores muy vocacional y con un talento
exquisito. Se conocían des de la tierna infancia. Nada más entrar, se
saludaron.
La sonrisa de
su amiga, consiguió derretir su helado corazón. Parecía que la chica intuyese
que estaba mal anímicamente. Se dirigieron en una habitación tranquila, para
hablar. Había venido para hablar del apartamento que le estaba arreglando. No
obstante, sucumbieron en otros temas muy trascendentales.
- ¿Elena que te
pasa?- le pregunto de inmediato. Solo mirar sus ojos verdes, ya supo que algo
no iba bien. A ella no la engañaba nunca. Su pose de ejecutiva agresiva era
pura fachada. Aunque, ella siguiese aparentando todo lo contrario.
La Elena que
regresó de Londres, no era su amiga. Era como si le hubiese abducido el
cerebro. No obstante, jamás solía quejarse de nada. Ni mucho menos, nombraba su
pasado. Lo que le alejo de Barcelona fue traumático, hasta un cierto
punto. Intento, hablarlo con ella sin
demasiado éxito. Siempre le soltaba lo
mismo:
“Un error
juvenil, las aguas por fin han vuelto a su cauce. Además, no conduce a nada,
preguntarse: ¿Y si?”
Elena, se
sentó. Espero que hiciera lo mismo. Después, le contó con rabia la insinuación
de su madre. En cierta manera, se delató. ¿Por qué estaba tan rabiosa? ¿Por qué
no quería volver a ver a su prima?
- Es normal.
¿No te parece?- tratando de buscar la lógica a todo aquello.- No deja de ser tu
prima y tía. Has rehecho tu vida, igual
que tu prima. Creía, que habías hecho las paces con tu pasado.
- Uno perdona
pero no olvida. Cuando pienso con ella, me viene a la memoria todo aquello de
qué quiero huir. Aunque siempre existirá la sombra del ayer, tenerla lejos las
cosas son más fáciles.
- Perdona
Elena, sigo sin entender tu resentimiento. La culpa sigue siendo de tu padre y
tío.- se ganó una mirada ruda de su amiga.
- No quiero
discutir más esto. Por culpa de esta historia estuve a las puertas de la
muerte. Conocer a Víctor, fue un punto y aparte de mi vida. No quiero que venga
Isabel y lo estropee todo.- lo decía muy en serio. Su tono era amenazante.
Claudia, se estremeció. El dolor le había hecho crecer púas en su corazón.
- ¿A él no le
has contado nada, no?- se atrevió a decir.
- No. Jamás lo
haré. ¿Qué pensaría de mi?- declaro, delatándose. Lo que una vez sintió, se
había transformado en algo sucio, sin nombre.- Además, ahora que el agua se ha
encausado por fin.
Claudia, la
dejo como imposible. A fin de cuentas, su futuro marido no lo debía de saber
todo sobre su vida. No pudieron hablar mucho más, porqué el padre de Elena la
llamó. Estaba furioso por su retraso.
- ¿Cuánto
pretender venir al trabajo? – le pregunto su padre, con su tono de voz más
autoritario y despótico.
- Pronto. Creó
no haber dejado nada urgente por hacer.- se defendió.
- Quería
comentarte algo, pero ya lo haré cuando vengas- no le ofreció más detalles. En
cierta forma, estaba muy misterioso.
Elena colgó,
resignada. No entendía porqué su padre la había llamado. Muchas veces le había
recriminado su impuntualidad. No obstante, no le iba persiguiendo para fuese al
trabajo.
Temiéndose lo
peor, determino quedar con su amiga en otro día. Era, en el fondo, esclava de
trabajo. Claudia, sintió pena por ella. Por más éxito que tuviese, por más
avocada parecía estar a su trabajo no la terminaba de ver feliz. Incluso,
dudaba que casándose con Víctor lo llegase a ser.
En la misma hora, en la ciudad de Paris,
una mujer alta y muy delgada, se terminaba de vestir con un extremado vestido
de color fucsia. Era una pieza exclusiva de su ex pareja. Conociendo sus gustos
particulares se lo diseño en especial por ella.
Tenía un dolor
de cabeza terrible. La resaca la volvía ha asechar. No dudo de cogerse las
gafas de sol. Las dudas la habían invadido de nuevo. Ya no tenía tan claro ir a
ver a Cristina. En el fondo, la conocía. Cuando tomaba una decisión no solía
retractarse.
- ¿Aún no
estás, estoy haciendo tarde?- su amigo la esperaba, pues se había ofrecido para
acompañarla a la boutique de su ex novia.
- Ahora voy.-
se miró de refilón a través del espejo. El corazón se le encogió. Los señales
de haber trasnochado, emborrachado y otras cosas más estaban impresas en su
rostro. No se reconoció. Aquella mujer no era ella.
Al fin se unió
a su amigo. Cerraron la puerta y no escucharon el teléfono sonar. Subieron al
ascensor. Isabel le manifestó sus dudas.
- Creó que será
mejor que me lleves a mi antiguo apartamento, para terminar de recoger mis
cosas.- le pidió.
- ¿Estas segura?-
la interrogo con la mirada, no quería influir en su decisión. Él era el primero
que deseaba que se reconciliasen.
Se conocieron
des de su llegada a Paris. La ayudo a integrarse, en conseguir contactos. La
Isabel de entonces era una alma desvalida, perdida. Estaba en su particular
proceso de duelo, de una perdida muy reciente. La vida la había mal tratado y
permitió que el desenfreno se convirtiera en norma.
Había roto
muchos corazones. A ella ya no le podían romper el suyo. Puesto que ya lo tenía
roto des de hacia tiempo. Cuando conoció a Cristina, pareció que podía rehacer
de veras su vida. Hacían buena pareja y lamentaba que terminasen de aquel modo.
- No quiero que
me vuelven a dañar. Debo de aceptar las cosas como están.- dijo, fingiendo estar
muy determinada.
- No existe el
amor sin sufrimiento, sin mantenerlo. Isabel, por favor no te eches hacía
atrás. Quizás, Cristina necesita que le digas lo que es para ti.- le confesó.
Había ocultado
aquello durante un tiempo, pero era completamente cierto. Cristina se lo había
comentado. Encontraba exasperante el hermetismo de su pareja, las pocas veces
que le decía te amo.
Cristina estaba
furiosa, no paraba de pelearse con sus ayudantes. La semana siguiente debía
estrenar colección. En parte, siempre era de aquel modo. Era una mujer muy
temperamental y perfeccionista. No obstante, aquella mañana en especial estaba
más irritable porqué no toleraba la impuntualidad.
Su negocio era
un gran engranaje, donde cada pieza debía encajar a la perfección. No había de
fallar ni una pieza. Era exigente con ella misma y esperaba que el resto de
personas lo fuesen también.
- ¿Aún no ha
llegado Isabel Cuesta, la jefa de imagen?- le pregunto a su subalterna. Una
mujer de cuarenta años, muy regia y severa. La encargada del personal.
- No. ¿Quiere
que la llame?
- Lo haré yo si
en media hora no es aquí. Si no llega, que se atenga a las consecuencias.-
hablaba en serio. Aunque, hacía poco que eran pareja no sería indulgente con
ella.
La odiaba mucho
más, porqué sus acciones le indicaban que había hecho bien dejándola. No le
gustaba la gente débil, carente de profesionalidad. En realidad, si la mantenía
en plantilla era porqué era una excelente fotógrafa. En el fondo, sería una
pena perderla.
Se encerró en
su frió despacho. No había en él ningún objeto cálido. Carecía de fotos. Jamás
tuvo ninguna. Una mujer práctica. Se sentó en su cómoda silla, ergonómica.
Pensó en lo que le diría a su ex pareja.
Su secretaria
la interrumpió. Le explico que había un mensajero con un sobre para Isabel
Cuesta, procedente de Barcelona. Aquello le capto de inmediato la atención. Era
una mujer muy curiosa, por ello pidió que el mensajero entrase. Era realmente
extraño, pues Isabel no mantenía el contacto con su familia. En excepción de su
madre, que la visitaba esporádicamente.
Un joven alto,
atlético, con el uniforme de su agencia, entró. Se lo comió, literalmente, con
la mirada. Volvía a ser la gata salvaje que una vez fue. Lo miró, le sonrió y
lo conquistó. Le gustaba aquella libertad. Demasiado.
(…)
Minutos más
tarde, una mujer alta y vestida con un llamativo vestido rosa chillón entraba
en la boutique. Hacía tarde, lo sabía. De todos modos, si había ido era para
rescatar lo imposible. No le importaba su puesto allí. Carecía de importancia
sin tener a Cristina a su lado.
Siempre había
sido una sentimental. Siempre, había buscado el amor. Como si fuera una planta
que necesitaba de la luz, para sobrevivir. Era algo esencial. Había amado
varias veces, aunque siempre había faltado algo. ¿Qué era? Con Cristina,
pareció que estaba saciada. Por ello, su corazón termino hecho trizas, otra
vez.
¿Por qué tenía
tan mala suerte con las parejas? No pensaba rendirse. Esta vez no. Quizás, en
el pasado fue demasiado débil. Le diría a la diseñadora que la amaba, que no
era ninguna sustituta de nadie. En realidad, no existía ningún fantasma que las
separase.
Por el camino,
se cruzo con la encargada de personal. La miró con odio. Sabía que si fuera por
ella, ya estaría fuera. Era cierto, que hasta aquellas fechas se había tomado
muchas libertades. Ahora, al saber que había roto con la jefa la tendría a
ralla.
- ¿Dónde esta
Cristina?- le pregunto de inmediato, ignorando sus reproches.
- Esperándote,
en el despacho. Atente a las consecuencias.
Isabel, no
perdiendo el aliento, subió las escaleras con rapidez. Lo que no sabía era que
su ex amante, terminase de irse muy bien acompañada. La recibió una amable
secretaria, la cual le informo de la fatídica noticia.
- Lo siento.
Creó que volverá antes de las doce. No creo que se vaya a casa sin que se
cumpla su agenda.- le dijo a modo de consolación. Evito decirle la verdad. La
fotógrafa le hacía pena.- Por cierto, te termina de llegar este sobre de
Cataluña- dijo a la vez que se lo daba.
Isabel,
empalideció. Cogió el sobre con las manos temblorosas. No había sabido nada de
su familia des de hacía tiempo. ¿Y si era una mala noticia? Aquello la trasladó
medio año atrás, cuando estaba en Nova York y recibió una mala noticia por el
mismo estilo…
La muerte de su
padre, le hizo doblegar de dolor. Una fuerte punzada en el estomago, que
parecía querer propagarse hacia el corazón. Su querido padre, que murió solo y
triste en su sórdido despacho.
-¿Isabel, te
encuentras bien?- la secretaria empezó a preocuparse.
Isabel, Isabel…
escuchaba la chica. Aún así, era incapaz de responder. Viajo medio año atrás.
La inesperada muerte de su padre. Le dolió pero fue incapaz de ir a su
entierro.
Le había dado
la espalda des de qué se instaló a Paris. Por entonces, lo culpaba de lo
ocurrido. Si hubiera guardado el secreto, su odioso tío las habría dejado en
paz. Lo había perdonado, pero no olvidado. Aquello le había cambiado la vida.
¿Qué contendría
aquel sobre? El miedo la estaba dominando. El nudo de la garganta cada vez la
oprimía más y más… Un rayó de lógica la iluminó. Seguro que no eran malas
noticias. Dudaba de qué se le comunicase otra defunción. Puesto, que dudaba que
se le informase de la muerte de sus tíos o Elena. ¿Y si le hubiera ocurrido
algo a ella?
La impaciencia
se adueño de ella, terminando abriéndolo rápidamente. Contenía una hoja escrita
solo por un lado y una copia del testamento de su padre. Se relajo. Sus ojos se
cruzaron con los de la secretaria de su ex.
- ¿Malas
noticias?- muy pendiente de ello.
- No.- volvió a
releer la carta escrita pulcramente.
Se lo enviaba
su tío Pedro, el padre de su prima Elena. El cual le recordaba algo que quiso
ignorar. Ahora aquello le pesaba mucho. No deseaba tener ningún lazo con los
Cuesta. Los odiaba.
- ¿Pues por qué
pones esta carita?- la iba zarandeando sutilmente.- Si te puedo ayudar en algo…
- Solo me he
sorprendido que mi padre poseyera tantas acciones.- lo dijo en voz alta.
Quizás, para convencerse que era propietaria de 25 acciones de la empresa
Cuesta. Aparte, también le había dejado el piso de Barcelona y era
copropietaria, junto a su prima, de una casita de la montaña.
-
¡Enhorabuena!-la felicito.
Isabel le
sonrió por inercia. Aunque, seguía en un estado de choque. Se le habían pasado
las ganas de ver a Cristina. Su mirada estaba puesta al vació, flotando. Pidió
a la chica que cuando llegase su jefa la llamase al móvil. Se fue corriendo, se
pedió por las calles de Paris sin destino.
Meditaba la
propuesta de su tío. El cual, como era de esperar, era una especie de lobo
devorador, hambriento de poder. Ya cuando su padre estaba vivo ya deseaba sus
acciones. Ahora, debía pensar que le sería fácil poseerlas.
¿De todos
modos, que haría ella con aquellas acciones? Eran algo que la cremaban. Ya
tenía su vida arreglada. Su profesión, su pasión era la fotografía. ¿Aunque,
como había sido su vida hacia entonces? Una huída hacia delante. Una búsqueda
ciega del amor, de la felicidad.
¿Hasta donde
había llegado? Ha ser una fotógrafa famosa en el mundo de la moda y pasarelas.
Todo gracias a Cristina Leblanch. La cual la saco de los bajos fondos. Hasta
entonces todo había encajado. Ahora, se daba cuenta que había dejado correr el
tiempo por rutina, comodidad, querer olvidar lo imborrable.
Si le dolía la
perspectiva de regresar a Barcelona, era porqué aún no había digerido su
pasado. ¿Por qué se volvía a lamentar de todo? Debía de seguir luchando para
regresar con Cristina, seguir con su vida. No necesitaba aquellas acciones.
Elena era una
sombra. Una sombra intacta, fluctuante y dependía de la luz solar. Era una cana
o cicatriz. Aquello no lo podría evitar jamás. Tarde o temprano padecería. ¿Por
qué volvía a pensar en ella?
Su silencio
años atrás, su olvido hablaba por mil palabras. Por ello no se merecía que
derramase más lágrimas recordándola. Se sentó en un banco. Estaba exhausta por el
maratón que se había marcado.
Su móvil sonó.
Era Cristina. Por fin la llamaba. Consiguió quedar con ella al medio día.
Sonrió, expulsando las penas. Haría las paces con ella. Las acciones quedaron a
segundo plano. No le importaban.
(…)
Elena por fin
llego a las oficinas. El bullicio matutino, los teléfonos cantarines, la
ayudaron a evadirse de la realidad. En el fondo, le gustaba aquella vorágine.
Se dirigió primero a su despacho.
Por ir a él
debía de pasar por el que fue de su tío Gabriel. Aunque ya hacía un medio año
de su muerte, aún sentía un escalofrió en pasar por el lado de aquel pequeño
habitáculo. Era un sitio sin ventanas, lúgubre. Allí murió su tío. Solo.
Triste. Incomprendido. Abandonado por los seres que más había amado.
Ella fue quién
lo halló sin vida. Un atardecer como tantos otros. Las horas extras era la
norma. Pensaba estar sola en la empresa. Le sorprendió ver una lucecita en
aquel despacho. Su tío, no poseía un cargo muy importante. Lo ocupaba a nivel
simbólico. Jamás, solía restar tan tarde en la empresa.
Era un hombre
silencioso, con pocas aspiraciones. Se le tenia aprecio, porqué su carácter era
más afable que el de su padre. No dudo en ir hacia el despacho, ya que le
extrañaba que estuviera aún por allí. Jamás, le guardó rencor por lo ocurrido.
Los dos, como
la mayoría de familiares que conocían la historia, actuaban sobre un código
silencioso: no nombrar la parte ausente del conflicto. Así era, aún el paso del
tiempo. Jamás, le hablaba de su hija.
Elena, lo
compadecía en el fondo. Veía como el silencio de su hija le afectaba mucho.
Nada más entrar ya lo vio a venir. Su tío yacía al suelo sin vida. Le busco el
pulso sin éxito. Se paralizo. Le impacto.
Al pasar por
aquel sitió, seguía viendo a Gabriel Cuesta yaciendo al suelo. Murió solo, sin
poderse despedir de nadie. Su hija ni se digno a acudir a su entierro. ¿Qué
clase de hija era?, pensaba a veces.
Isabel siempre
fue una extraña por ella. Sí, eran primas hermanas. No obstante, jamás se
habían tratado como tal. Silvia Constantinopla se encargo de distanciar su hija
de la familia Cuesta. En el fondo, la culpa era de su abuela, la gran Marcia
Casadas. La cual no podía ver a su nieta. La maltrataba.
No era difícil
de predecir las acciones de Silvia, llevársela muy lejos de aquel clan familiar
asfixiante. Crecieron en mundos muy distintos. Elena aún recordaba como su
abuela mal hablaba de su otra nieta. Siempre la califico de fea, poca cosa,
insignificante ser, pobretona… Todo valía.
Su vulnerable
ser, en vías de crecimiento y amante de su abuela, iba asimilando lo que
escuchaba. Sí, se creó una imagen de su prima. Irónicamente, llego a asociar a
su prima como la mujer más fea del mundo. Incluso, pensó que era una interesada
como su madre.
- Elena, Elena,
deja el pasado atrás. Cada cual recoge lo que siembra.
Se dijo para
ella misma. Ella no quería estar en aquella zona oscura.
Entró en el
despacho. Colgó su abrigo de piel. Dejo el maletín encima mesa. Se sentó. Miro
la única foto que tenía en el escritorio. Un alegre chico salía en ella.
Llevaba un poco de barbita, muy moderna. Su preciosa sonrisa. Su mirada
profunda. Siguiendo un impulso le llamó al móvil.
- Hola
preciosa- le saludo de inmediato.
- Hola encanto-
siguiendo la parodia de siempre.- Perdona si te llamo a esta hora. Necesitaba
escuchar tu voz.
- No te
preocupes, ya sabes que para ti dispongo todo el tiempo del mundo.- dijo usando
su tono de voz más seductor.
- Ya ha salido
el Don Juan incorregible- bromeó.
- ¿Me harás mal
pensar?- siguiendo su juego.- ¿Qué te ocurre?
Elena dejo
escapar un poco de aire de sus pulmones. Era lo que más le gustaba de él, su
gran intuición o empatía. Antes de qué saliesen oficialmente, eran unos grandes
amigos. Gracias a él, salió del hoyo. De un oscuro y largo túnel. Expulsó
aquellos malos recuerdos.
La culpa seguía
siendo de su madre, al romper el código silencioso.
- Nada- mintió,
pero añadió rápidamente:- Mi padre, últimamente muy misterioso.
- ¿Temes
recibir algún reproche? ¿Te arrastre con él, con sus ilimitadas ambiciones?-
conociendo la extraña relación que los unía.
Su futuro
suegro era un señor autoritario, que parecía dominar a su prometida. No le
gustaba aquella relación, la influencia que tenia sobre ella. No obstante,
siempre fue respetuoso y jamás le comento nada.
- Es esto.
Gracias por animarme y comprenderme.- se despidieron. Ya era hora de ir a ver a
su padre. Seguro que estaba sacando fuego por la boca. No tuvo que moverse de
su cómoda silla, pues su padre irrumpió en su intimidad sin llamar.
-¡Ya era hora
hija!
- Lo siento, ha
venido Claudia por hablar de la decoración de mi apartamento.- se justifico.-
Dudo que haya nada urgente…
- Tu misma,
pero luego no te quejes.- se sentó y le miro. Cambiando de expresión facial.
Era evidente que le iba a soltar algo importante.
- Por favor,
que tienes que decirme con tantos misterios.
- Se trata
sobre tu regalo de bodas.- queriendo mantener el misterio. Al Principio, no
quería decirle nada. Aún así, creyó necesario advertirla. Hubiera podido
mantenerlo en silencio, hasta que lo consiguiera.
- ¿Ya hemos
hablado de ello, no?- empezándose a enfadar.
- Sí, pero este
regalo es el gran lazo de tu regalo. Seria la sima. El poder absoluto de la
empresa. – insinuó, zarandeando a su hija.
- Siempre estas
igual padre. Tienes el 45 por ciento de las acciones. Y se que yo seré tu
sustituta. El resto de accionistas dudo que les interese el negocio.
- Sí ya lo
sabes. Y si, creo que el resto de accionistas les interese el negocio. Tía
Elisa no dispone de descendencia legítima. Solo los hijos de su segundo esposo.
Ya sabes la política de la empresa.
- Ya, lo
encuentro algo injustas. No dejan de ser sus hijos, los ha querido como
propios.- reflexiono Elena.- Aparte, dudo que Elisa te ceda las acciones. De
hecho, es tu principal enemiga.
- Por esto esta
totalmente descartada. Además, tía Luisa esta al medio de yo y su hermana. No
me fió de su lealtad. Por ello, nuestra presidencia puede estar amenazada- concluyo.-
Además, ya sabes que existen 25 acciones más…- insinuó. Se detuvo, esperando
que su hija llegase a la misma conclusión.
Elena medito lo
que su padre le explico. Se trataba de la misma historia de siempre. El miedo
que le tenía a la pérdida del control. Sus juegos sucios, sus enemistades
familiares. Tácticas que no iban con ella. Por ello, muchas veces actuaba
detrás de ella.
Quería que
fuese su sustituta. Aquello era irónico, porqué a veces parecía que no quería
perder su presidencia ni morirse. Su gran trauma fue que fuese una niña. Jamás,
le escondió que siempre espero a un santo varón. Con el tiempo, pareció que lo
supero.
Pedro callo.
Aquel silencio le permitió ver la luz. Otra vez, la sombra de su prima se
proyecto en su vida. Le extraño que fuese su padre, quién abriese la ventana.
- Isabel Cuesta
dispone de estas acciones.- terminando su frase.- ¿Y? No te preocupes, dudo que
venga y se asocie con tus hermanas. No tuvo la dignidad de acudir al entierro
de su propio padre. ¿Qué clase de persona es?- dejando relucir su odio. Su
queja iba más allá.
- Nunca se sabe
hija. Siempre es mejor realizar un paso para delante. Dudo que le interesen las
acciones- reconoció, y fue al grano.- Por ello, le he hecho una oferta para
comprárselas.
Fue una especie
de bomba. Elena abrió los ojos como dos naranjas. La ambición de su padre no
tenia limites. Pero ella pensaba en otras cosas, muy lejos de aquella realidad.
Parecía que el destino se empañase a que se volvieran a ver.
- Tranquila,
que negociare con ella yo. Además, aún espero que me llame. Tópico de ella su
silencio- riéndose sarcásticamente.- Hay que separar los negocios de los
sentimientos.
Elena, no rió.
Siguió callada. Su ira se iba incrementando. Rezaba por qué Isabel ignorase la
oferta de su padre. No le importaban las acciones. Sabía que si llegaban los
momentos críticos, que tanto miedo le daba a su padre, ella podría dominar la
situación.
Mientras Elena
esperaba que fuera así, incluso rezaba por ello, Isabel fue paseando a la
cafetería, donde había quedado con Cristina. Su elección era clara, firme.
Quería luchar por la única relación que había durado tres años.
Media hora
antes ya estuvo allí. Se sentó en una mesita de la calle. Era un día soleado. Apetecía
restar a la calle, sentir el calido aire y los rayos de luz encima de tu piel.
Fueron pequeños instantes que dejo pensar en el ayer, aún demasiado doloroso.
Cristina, fue
puntual. Era una de sus más remarcables virtudes. La diseñadora se sentó a su
lado, luciendo su porte imponente. A contra luz, se leían los años de más en su
rostro. Estaba rayando casi los 40 años.
- Hola
preciosa, gracias por venir- le saludo, dedicándole una sincera sonrisa. Gesto
que fue correspondido.
- Hola.- dijo
secamente.- Debía venir, pues me debes una explicación.
- ¿Yo?-
preguntó incrédula Isabel.- Más bien tú, sigo entender por qué hemos roto.-
dejo ir el aire, tratando de relajarse. Perdiendo los nervios no llegaría a
nada.
- ¿Por esto me
querías ver?- irritada por ello.
Sus ojos se
miraron con intensidad. Los de Isabel eran de corderito degollado. Algo se
desheló en su interior. Hubo un tiempo que su fragilidad la sedujo. Le despertó
mucha ternura, deseos de protegerla. ¿Qué había cambiado? Isabel, seguía siendo
preciosa, frágil, dulce. Dejo que los viejos sentimientos la invadiesen.
Siempre había
despreciado los sentimentalismos. Aunque la herida de su rotura fuera aún muy
tierna, era algo que no gustaba mostrar. Por ello permaneció impasible. Solo
resto allí, inerte; dándole la ocasión para iniciar un dialogo del nunca jamás.
Le gustaba
etiquetarlo así, porqué era una especie de retórica. Isabel, seguía sin
comprender nada y se repetía sin cesar. ¿Era realmente ciega o lo fingía estar?
No le quiso
hacer daño. Quizás, por ello había acudido a aquella sita. Quería echarle en
cara su ausencia laboral. La cual por ella era imperdonable. No obstante, en
nombre de sus antiguos sentimientos, le permitió sacar aquel tema, ya por ella
caduco.
- La verdad es
que sí.- reconoció. Dejo de mirarla, su seriedad le daba mala espina. De todos
modos, lo intento:- Admito que la rutina ha sido nuestro lastre. Puede que no
te haya dicho, suficientes veces, cuando te quiero. Lo mucho que significas por
mí. Perdona si a veces soy torpe, ya sabes que las palabras no son lo mío. No
obstante, creedme, te quiero mucho. Has sido el aire que respiraba, mi norte,
mi oeste… todo lo que tengo en mi vida. No me importa nada más.
Isabel, se
detuvo. Se sentía insegura, como una pequeña hormiga. La cual suplicaba no ser
pisoteada. Cristina permanecía impasible. Un fuerte viento empezó a soplar. Las
dos restaron inertes, desafiantes.
El ruido
ambiental era intenso. El viento hacia volar papeles sueltos, mover las
sombrillas de las mesas. La gente empezaba a correr, huían de aquel vendaval
impetuoso.
- Será mejor
que entremos- dijo autoritariamente la diseñadora. Su propuesta era lógica, no
obstante sonaba a fuera de lugar. Era como si no la hubiese escuchado.
Isabel la miró
con odio. Aquello no parecía una película romántica, donde a los dos enamorados
se abracarían y besarían, sin importarles el temporal. La obedeció por inercia,
no disimulando su frustración.
La cafetería
estaba llena de gente, muchos de ellos habían escapado de la tormenta. Por
suerte, encontraron una pequeña mesa en un rincón. Era un espació muy apartado
de la entrada y de las ventanas. Se refugiaron allí. El silencio era su lastre,
su fiel acompañante.
- ¿A caso, no
te importa lo que te he dicho?-le pregunto Isabel, no escondiendo su ira. Su
interlocutora seguía removiendo la cuchara. Le gustaba el café muy dulce.- Se
que te lo he dicho tarde, pero yo te quiero… te quiero mucho.- magnificándolo,
con miedo de qué nada lo ensombreciera.
- Cariño, lo
sé.- declaro al final, harta de su sentimentalismo viciado. Odiaba dar rodeos,
las escenas melodramáticas.- Eres tu que no lo comprendes. ¿Por qué te quieres
hacer daño? Es cierto, que nunca, hasta ahora, no me has dicho que me quieres.
Algo que me molesto, no obstante para mi no era el más importante.
- ¿A qué te
refieres?- dijo con voz temblorosa, sintiendo que ya no controlaba aquella
situación. Ecos del pasado retronaban en su mente.
- ¿No lo
sabes?- bebió un sorbito de café, expectante. Odiaba a su ex por su ingenuidad,
o por parecer ciega.
- Yo solo se,
que tampoco nos ha ido tan mal como pareja. ¿Por qué no luchar por qué lo
nuestro vuelva a flotar?- no dándose por vencida.
- ¿Tú realmente
me quieres? ¿O solo soy un parche?- ignorando su suplica. La situación era
tensa. Isabel se quedó con la boca, incapaz de derrotar su certeza. ¿Era
aquello cierto?
Ya hacía casi ocho
años que quiso a alguien con todas sus fuerzas. Un amor fuerte, intenso… que
fue como un huracán, que lo arrastro todo ante su paso, generando sólo
destrucción. Un amor enfermizo para algunos. Lo volvió a recordar, a retorcerse
de dolor. Había luchado para olvidarlo, para borrarlo de su memoria. No
obstante, seguía allí.
- ¿Es cierto,
no?- le ataco de nuevo Cristina, aunque su mirada fue reveladora.- Siempre hubo
un fantasma entre nosotros. Lo peor es que jamás lo admitirás. Odio tu
conformismo, tu falsedad. ¿Sabes por qué no has tenido suerte? Eres blanda.
Sus palabras,
aunque algunas certeras, la hirieron. Cristina parecía otra persona. En
definitiva, no la conocía. Le pareció una persona fría. Aunque, quizás tenía
razón con lo que le acusaba.
- Siempre serás
una cobarde. Ahora me suplicas, porqué temes la soledad. ¿Por qué no dices
nada?- su silencio, era muy revelador.
La ira de
Isabel se incrementaba por momentos. Se sentía muy desnuda, frágil. Se
despreciaba a si misma. ¿Ella tenía la culpa de su devenir? Trato de luchar,
chocando contra una dura pared. La perdió. La buscó y no la halló. Se olvido de
ella. Huyo de Barcelona para buscarla. No tuvo éxito. Trato de sobrevivir,
malgasto años de vida… Junto Cristina parecía que todo era normal, sin
altibajos. No obstante, jamás sería Elena. Por fin, se atrevía a nombrar su
nombre.
- Sí, tienes
razón. Por esto, en parte, hoy estoy aquí. Me arrodillo para salvar lo
insalvable.- reconoció.- Para descubrir como eres en realidad. Ya se ha
terminado de serlo.
- Me alegro que
por fin lo reconozcas. El fantasma de tu prima ha estado siempre en medio.-
dijo con ironía.- No quería herirte Isabel.- usando un tono de voz más
amigable. Era una chica tan sensible, tanto que cuando la conoció se
estremeció. – Lo siento. Yo solo quiero que comprendas, no puedo continuar…
- ¡Ya basta
Cristina!- la detuvo, aún llena de ira.- Lo he entendido perfectamente. Aparte
de mis fantasmas, siempre he sido poco para ti. Las dos, hoy, nos hemos quitado
las máscaras.
- No quiero
terminar así, llenas de odio.- su postura era conciliadora. Puede, quizás,
movida por intereses comerciales. ¿Se podía permitir de perder una buena
fotógrafa estando en el inicio de temporada?- Espero, que sigas siendo mi jefa
de imagen…
Isabel le
sostuvo la mirada. Lo dedujo. Solo le interesaba por su puto negocio. Por nada
más. Rió, sintiendo un gran poder. Lo podría aprovechar, pedirle cualquier
cosa. Un incremento de sueldo, días personales. No obstante, no le apetecía
para nada seguir con ello. Algo en ella había cambiado.
Sus palabras
anteriores la hicieron reaccionar. Ella quería dejar de ser una cobarde. Ya
estaba harta de qué su pasado se entrometiera en su vida. Estaba harta de
esconderse, de ser pisoteada.
- Lo siento,
pero abandono mi puesto en tu preciado imperio. En el fondo, creo que es lo que
más amas. – le anunció. Incluso, no quería hacerle ningún tipo de concesiones
ni negociar.- Hoy mismo.
- No lo puedes
hacer, estás sujeta a un contrato.
- Me atengo a
las consecuencias. Antes me decías, que no querías terminar mal.- le recordó.-
Por esto, no pongas las cosas más difíciles. Las dos sabemos, que no es una
buena idea de que sigamos juntas en el trabajo.- sus razonamientos la
convencieron.- Si quieres te recomiendo a otro fotógrafo.
- No te
preocupes, sobreviviré como siempre.- dijo con altiveza. Nunca se debía enseñar
como escocían las heridas. Su fuga de su empleo era un buen revés por ella.
Isabel podía ser mil cosas, pero era una excelente profesional en su campo. De
inmediato, dedujo que su cambio de opinión podría estar relacionado con el
mensaje de aquella mañana.- ¿Qué piensas hacer?
- Volveré a
Barcelona- declaro más relajada. Era una decisión firme.
- ¿Ha Barcelona,
tu?- muy sorprendida- No me lo creó. No se que se te ha perdido allí… después
de todo, de cómo te trataron tu familia. Incluso, no tuviste valor en acudir al
funeral de tu padre.
- Pues sí,
muchas cosas van a cambiar en mi vida a partir de hoy- era una especie de
promesa.
- ¿Has pensado
que Elena ya te haya olvidado?- no evito decir. O bien, quería saber su motivo
real.
Isabel se
callo. No había pensado en regresar por su prima. Aunque, sus sentimientos
renacieron con intensidad aquel día. Su dulce prima. La alegre y atrevida
prima.
Siempre
tuvieron una vida paralela, como dos orbitas separadas. Parecía que siempre
debería de haber sido así. Sus materias se repelían. ¿O era culpa de su tío?
Siempre lo fue. Él tenia la culpa de todo.
- No tengo de
darte ninguna explicación de nada.- siendo cortante.
Cristina supo
que no se lo contaría. Se terminó el café, llegando el fin de su encuentro. Ya
nada quedaba para decir. Aquel era su triste final como pareja y como relación
laboral.
En la calle,
las dos tomaron caminos apuestos. Sin remisión, sin retorno. Isabel, anduvo
hasta su coche. Eran las dos y cuarto del medio día. Cogió el móvil, marco un
número de memoria. Su tío, adicto al trabajo, seguía sentado en su cómodo
sillón.
- Ya era hora
que me llamarás.- dijo con sorna. Todo iba según sus planes.
- ¿A caso
dudabas de ello? ¿Qué pretendes?
- Tus acciones,
pensaba que ya lo sabías- dijo secamente.
- ¡Ya me lo
imaginaba!- exclamo con sarcasmo.
- ¿Entonces,
estás dispuesta a vender?- directo al grano.
- Solo le llamó
porqué pasado mañana estaré a Barcelona.-enunció, lo acababa de determinar en
aquel momento. El hombre se quedo mudó. – Hasta pronto.
- Pues, te
espero.- no se esperaba que su sobrina quisiera venir para hablar de
aquello. Se hacía la fuerte, quería
ponérsele difícil. Hiciera lo que hiciera, quisiera o no… pero las acciones
serían suyas.
Tras colgar el
teléfono rió de satisfacción. Justo en este instante, entro en el despacho su
hija. Ya se había puesto el abrigo, dispuesta a irse a comer con su novio.
- ¿Has recibido
una buena noticia?- le pregunto Elena.
- Sí.- dejo de
reír. La miro serio. En el fondo, no deseaba que las dos primas se reencontrasen.-
Según se mire. Acaba de llamar Isabel. Lo ha hecho más pronto de lo que me
imaginaba.
- Muy bien para
ti- dijo con sarcasmo, en el fondo ardía de rabia.
- Y no lo
olvides, que también lo es para ti- su eterna lucha.- Lo negativo es que pasado
mañana la tendremos pululando por aquí.
Elena se
paralizó. Intuía que aquella situación se les escapaba de las manos. Lo único
que deseaba era encontrarse a Isabel de frente.
- Hija, no te
pongas así. Solo son negocios. ¿O temes otra cosa?- su mirada era ruda,
amenazante. Elena se recárgalo de miedo. Temía su padre, porqué sabía de lo que
era capaz de hacer.
- ¡No! Ha sido
como tú quieres.- dijo disciplinada. Se fue corriendo, como si le persiguieran
mil demonios. Sí, ya lo decía ella: Isabel solo le traería problemas. No había
nada que le hiciera pensar lo contrario.
(…)
Elena, entró en
su coche llena de furia. ¿Por qué su prima le seguía despertando tanta rabia?
No se merecía ni aquello. Apoyo la cabeza en el volante, exhausta. ¿Por qué
había de regresar, justamente en aquellos momentos, a un mes para casarse?
- ¿Por qué?-
dijo en voz alta, como si se lo preguntase al horizonte, o quizás a Isabel.
Sólo obtuvo su silencio, su famoso silencio. El cual ya era su perfume, su
esencia distintiva.
Vencido el
ataque inicial, se acomodo más bien al asiento. Aún estaba ausente de la
realidad. Veía el ir y devenir de la gente, parecían seguir un hilo invisible,
que los guiaba en su oscuridad. Una vida programada: despertarse, acudir al
trabajo, tomarse los descansos reglamentarios, vuelta al hogar, alguien que te
espera, gente que te llama o no te llama. Una compleja red de relaciones
humanas. Aún así, entre aquel rompecabezas, algo no encajaba.
¿Qué fallaba en
su vida? ¿Por qué no podía ser como tantas otras ovejas? Algo se había roto en
sus entrañas, algo irreparable des de hacía mucho tiempo. Cerró los ojos,
mareada por la agitación de su marea interna.
Recordó su
apetecible y feliz infancia. Hija única, estandarte de su estirpe. Su único
lastre fue no haber sido varón. Defecto compensado por la férrea voluntad de su
padre de educarla como si lo fuera. Ya a los 6 años le llevo a la empresa
familiar, recordándole que aquel seria su reino.
Lejos de
aquello, imposiciones silenciosas, fue una niña normal. En el sentido de qué
jugaba con otras niñas, con juegos de niñas. En la adolescencia no le faltaron
pretendientes. Tuvo su primer novio a los quince años. No le resto demasiados
buenos recuerdos, más que nada porqué solo fue un experimento por ella.
Fue una chica
desinhibida, bella. Lo único negativo de su aspecto era su estatura. No era muy
alta, más bien bajita. Su pelo era
castaño oscuro, muy liso. Siempre se considero una chica segura, con las ideas
claras. Aunque, sus planes eren opuestos a dónde había llegado. ¿Qué cambio?
¿Por qué se dejo doblegar?
Era una chica
muy rebelde, valoraba demasiado la libertad. Quizás, era la falsa creencia de
qué cuando se es joven todo se puede. Le parecía tan fácil todo, porqué cuando
uno se enamora le crecen las alas. Más aún, si la otra parte siente lo mismo.
- ¡No quiero
pensar en esto!-se regaño. No obstante, una sonrisa algo apagada estaba impresa
en su rostro.- El amor es dulce mientras dura, luego se corrompe sin remedió.-
sentencio, a la vez que giraba la llave del coche. No quería seguir recordando aquel
imposible. Le dolía mucho.
(…)
Las horas pasaron
demasiado lentas para algunos y para otros muy rápido. Ya era el día que la
oveja negra de la familia debía regresar. Pedro la esperaba en candeletas. Su
mujer le hacía ilusión ver a su sobrina, aunque no sabia cual actitud tomar. Lejos
de sentir rencor, odio o menosprecio, ansiaba acogerla con los brazos abiertos.
Deseo que disimulo ante su marido, estaba acostumbrada a acatar todas sus
órdenes o directrices. A la larga se cubrió de rencor, porqué se sentía
culpable de la desdicha de su hija. Si la hubiese defendido entonces, nada de
aquello habría sucedido.
- Aunque, ahora
odias a tu prima, te haré un favor si te amaño un encuentro con ella.-
determino al final, pensando que se haría justicia. Rescato el número de su
sobrina de la agenda, y la llamó. La halló apunto de embarcarse en el avión.-
Hola, Isabel. Soy tu tía…
Isabel se
paralizó. No esperaba aquella llamada. Sus músculos se tensaron, preparándose
para recibir alguna desagradable advertencia. Aunque, la madre de Elena distaba
de ser una mujer severa. Siempre la recordó como alguien afable, cordial y muy
dócil. En realidad, era una pobre mujer
con poco poder.
- Hola tía. ¿A
que se debe su llamada? ¿Me va a pedir que no venga y siga alejada de su
hija?-inquirió, marcando su terreno.
Gardenia contuvo
el aliento, detectando su rabia. Los años le habían pasado factura a su
sobrina. Los años de destierro a Paris no habían logrado que olvidase.
¿Seguiría amando a su hija?-se pregunto. Supo la respuesta de inmediato. Dudó
de si estaba haciendo lo correcto. Hecho que fue captado por su interlocutora.
- No se
preocupe, mi regreso es absolutamente por negocios. ¿Ya lo debe saber que mi
tío desea mis acciones?- dijo sin dudar. Su voz era firme, sin ninguna
inflexión. Cogía el teléfono con fuerza, gesto que la delato. Había algo más,
mucho más profundo…
Se acordó de
una canción de Neck: Laura se fue. La cual respondía a todas sus preguntas, su
infelicidad, su vida insulsa, su vació, su imposibilidad de amar a otra persona
completamente. Vivía a media tinta.
- No debes de
darme justificaciones-declaro al final la italiana. Quería ser imparcial y
hacer justicia en aquella historia.- Eres mi sobrina y estoy encantada de
volverte a ver.
- Te lo
agradezco- dijo Isabel sinceramente.- Se perfectamente que mi presencia por
Barcelona no agradará a más de uno de la familia. No obstante, ya era hora que
regresará y defendiera mis intereses.
- Haces lo
correcto.- detectando también su firmeza. Su sobrina regresaba con fuerza, lo
percibía. – Espero, que no te dejes pisotear. Quizás, te sorprenda pero tienes
todo mi apoyo.
Aquello
sorprendió a Isabel. Lo demostró con un prolongado silencio. Jamás imagino a su
tía Gardenia desobedeciendo o traicionando a su marido. Se sintió cómoda y a la
vez algo mareada.
Detestaba no
saber que esperar de la gente. ¿Debía de confiar de ella? ¿Si intentase
recuperar a Elena, seria tan amable? ¿No sería un método para contenerla y
evitar lo inevitable?
- No hace
falta, no quiero ponerla en ningún aprieto- aunque sería un lujo observar a su
ambicioso tío perdiendo el apoyo de su leal mujer. Qué viviera a primera
persona el dolor de una traición. No la quería forzar, ni aprovecharse de su
buena fe para vengarse, pero se lo puso en bandeja. Fue incapaz de negarse.
- No,
tranquila. Para que veas que estoy encantada de qué nos visites, te invitó a
comer hoy en casa. ¿Tu vuelo llega antes de la una, no?
- Correcto. De
todos modos, repito, dudó a que mi tío… y a Elena les haga gracia compartir la
comida conmigo.- ganando su parte buena, no quería ponerla en ningún
compromiso. No obstante, la mujer era mucho más fuerte de lo que aparentaba.
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