19/05/2016 De Santo Domingo de la Calzada a
Belorado
Me levante creó que entre 6 y 7H, para aprovechar más la
madrugada sin la mirada traviesa del sol. En recepción del albergue coincidí
con la mujer que regalo su crema hidratante. Iba con otra mujer. Desayune con
ellas. Se me ha olvidado de donde eran.
Su buen humor matutino era envidiable. Aquel día era su último
día de trayecto, y lo querían vivir con intensidad. En la calle, hubo un
momento que se cogieron de las manos, mostraban mucho cariño entre las dos. Mal
interprete sus gestos y creí que eran pareja. No tarde en comprobar que no era
así.
Saliendo de Santo Domingo de la Calzada, me atreví a
confesarles sobre mi orientación sexual. Quizás surgió tras que una de ellas me
preguntara porque realizaba el camino de Santiago. No me costó nada decirlo.
Pero en mi vida diaria, no es algo que me cuesta más. El temor al rechazo es la
punta del iceberg.
En fin, la cuestión final resulto que ellas no eran pareja. Y
surgió la típica frase: pues nosotras heterosexuales. Aún así, en ningún
momento me excluyeron. Fui yo misma sin más. Una apetecible normalidad. Una de
ellas se había casado casi a los cuarenta años. El amor no conoce de edad ni de
épocas.
En un punto del trayecto, ellas pusieron la directa. Me
comentaron que se pararían a tomar zumo de naranja en Grañón, que era riquísimo
y nos veríamos allí.
Aquel día hacia un día genial. Aunque el sol parecía algo
ausente, pues algunas nubes lo tapaban amenazando lluvia. Soplaba algo de
viento. Era ideal para andar.
Había reservado albergue a Viloria, pero me empezaron a
entrar dudas. La pierna izquierda no me dolía y me encontraba genial, con ganas
de hacer aquel record.
En Grañón me encontré con las dos amigas, con Hilton y con el
grupo de chicas de Barcelona… Me tomé el famoso zumo de naranja. Uno de los
mejores que tome por el camino.
Continúe el trayecto con las dos amigas y Hilton. Las subidas
no se me hacían tan pesadas. Creó que cuando has superado una de eterna, las
otras parecen un chiste.
Andando y andando llegamos a Viloria. Sitio dónde tuve que
decidir qué hacer. Opté por continuar. Si hay cosas que puedes aplazar, es
mejor ir escogiendo sobre la marcha, en función como uno se encuentra. Es
imposible tener una vida totalmente controlada y dejarse llevar, de vez en
cuando, no pasa nada.
Reserve entonces en el albergue que mis compañeras de viaje
iban. No solían reservar alojamiento, pero les habían dado buenas referencias.
Pero sólo te guardaban plaza hasta las 14H.
En el antepenúltimo pueblo que paramos, me separe de ellas.
Se hacía tarde, empezaba a picar el sol, no quería freírme como el día
anterior. Llegue a las 14:45H.
El albergue no estaba mal. Un patio con piscina. Literas
confortables, con enchufes en cada cama. Me toco la de arriba. Me reí sola.
Pero no era tan incomodo.
Comí en el restaurante del albergue, por 10e. Buena comida,
buen vino y buena compañía. Creó que termine un poco contentilla. Hice mi
siesta, mis compras, un poco de turismo y me senté en la plaza del pueblo a ver
como la vida iba fluyendo. Sin prisas y conectando con mis seres queridos.
Las dos amigas al final no se quedaron a dormir a Belorado,
pues cogieron aquella tarde el autobús para Madrid. Sentí un poco su ausencia,
me hubiera gustado conocerlas más y compartir más bonitos momentos a su lado.
20/05/2016 De Belorado a Vilafranca de los
Montes de Oca.
Empecé a madrugar algo más, para aprovechar el frescor
matinal. Aquel día, poco me imaginaba que terminaría siendo muy especial y
bonito. Para variar el camino estaba lleno de extranjeros.
Hable un poco con una mujer de mediana edad, alemana. Pero
más me acuerdo del señor de ochenta años que quería hacer el camino completo.
Era un andador nato, este año haría alcanzaría los 1000km de caminadas. Había
viajado por varios Sitios de Europa andando. Un aventurero nato.
Cuando lo conocí llevaba una mochila ligera y nueva. Me contó
que antes llevaba 12 kilos encima y al saber que había taxis que llevaban equipaje,
con un precio económico, no lo dudo. Lo aplaudí. Merito tenía haber llevado
tanto peso de entrada, algo temerario. Pero por suerte, existen buenos
servicios que facilitan la vida a quién lo necesita realmente.
Lo importante, es saber poner en la mochila lo justo e
imprescindible. En cierta forma, vivimos con más cosas que las que realmente
necesitamos. El camino ayuda a valorar las pequeñas cosas, a la sencillez de la
vida, a escuchar tu cuerpo, el aquí y ahora… Llega un punto, que los problemas
cotidianos que te atormentaban dejan de tener poder y tienes otras cosas
claras.
Es evidente que todo el mundo, realiza el camino que quiere,
a su modo. Algunos lo hacen como reto, como deporte. Otros lo hacen por motivos
más profundos, espirituales. Yo sólo perseguía serenidad y relajarme.
Lo sucedido en mi sitió de trabajo, que fue tal magnitud que trascendió
al resto de España. Lo sé porque me lo comentaron las dos amigas del día
anterior. Las tragedias siempre trascienden más que las buenas noticias. Es
caerse, pero levantarse y seguir andando a pesar de todo. Todo un ejemplo de
sobrevivencia.
Piano-piano… seguir caminando y reconstruirse para seguir
luchando. Nunca hay que rendirse, aunque el entorno parece que confabule para
que no puedas seguir respirando.
No volví a coincidir al abuelo aventurero. No me cruce con
nadie especial. Empezaba a hacer calor cuando llegue a Vilafranca de Montes de
Ocas, mi destino. No quería proseguir, porqué faltaban unos 14 kilómetros para
San Juan Ortega y me pareció un esfuerzo innecesario. En realidad, me dividí en
dos mi último tramo de mi camino. Quería llegar a Burgos al domingo y pasar la
noche a Atapuerca.
Vilafranca, realmente era un pueblo (muy parecido a los de mi
tierra) de pocos habitantes. Aunque muy buen equipado de servicios,
restaurantes, un supermercado, dos albergues… Pero me sentía como en casa.
Fue el único sitio que me aloje en el albergue municipal. Fui
la primera en llegar. Me lo aconsejaron unas vecinas. No era un lujo, pero fue
correcto. Esperando para poner la lavadora, iba viendo los peregrinos que
pasaban y los que entraban al albergue. La mayoría eran hombres y muchos eran
italianos.
Mi mañana se alegro, cuando la vi esperando en la entrada del
albergue. Era una chica joven, no muy alta, morena, media melena y ondulada,
delgada… Me gusto. Sus gestos, su mirada. Era italiana y la entendía bastante
bien.
Me sentí algo cortada, pero me atreví a dirigirle la palabra.
Me ofrecí a acompañarla a la habitación, por suerte aún había espacio en la
misma que estaba yo. Y sin más, con un nudo en el estomago, le sugerí comer
juntas. Me dijo que sí, me supo a gloria.
Otra vez a sentirme como una colegiala. La lavadora que parecía
no dejar de girar-girar… El tiempo pasaba demasiado lento. Ella se cruzo con
otros peregrinos que se hospedaban allí que ya conocía, como otro italiano con
el cual realizo varias tertulias. Lo supe en aquel instante, que sería como
tantas otras historias de mi biografía personal. Aunque fríamente, no me
imaginaba dejar mi vida para seguirla a Italia. Mi mente, no dejará nunca de
ser una soñadora o ilusa.
No me raje y fui a comer con ella. El nudo en el estomago seguía.
Me sentía torpe. Me sentía habladora y entusiasta. Hablamos de todo y nada.
Hasta que surgió el tema relaciones. Fui honesta con ella. Creo que me ruborice
algo. Lo único que no le dije es que me atraía. Pero quizás hay personas con
las cuales tienes mucha afinidad, y ella era una de ellas.
Sé que sólo fue un espejismo de un día, o miraje. Puede que
jamás vuelva a cruzarme con ella, pero me llevo su recuerdo en mi piel.
No reacciono mal a mi confesión. Agradeció mi sinceridad y
disfrutamos de la comida. Tomamos algo de vino, creo que también se me subió a
la cabeza. Fue bonita aquella comida.
Al terminar nos
dirigimos al albergue, por el camino nos cruzamos con una francesa que la
italiana conocía. La pobre llegaba exhausta y acalorada. Le cogió la mochila y
se la subió a la habitación. Era una buena chica.
Me fui a mi rutinaria siesta y deje la italiana con su amigo.
No niego que estaba un poco triste, Cupido no era generoso conmigo. Sin
desmerecer nunca el tiempo que Vera, que así se llamaba, me dedico. Con ella
fui yo.
Tras ir a comprar en el supermercado comida para cenar y el
día siguiente, me fui con ella y la francesa a tomar algo. Luego a dar un paseo
rápido por el pueblo, que parecía perdido del mapa. El tiempo transcurrió
demasiado rápido.
Llego a la hora de cenar. Encontré una baraja de cartas y en
el patio del albergue le hice un juego de magia. Sabía que la hora del adiós
llegaba, pues ella saldría muy pronto para seguir su camino (quería hacer unos
30 km, de hecho el día siguiente quería llegar a Burgos).
Al despedirnos, me abrazo. Fue un contacto sincero, cálido.
Un auténtico abrazo, no de aquellos que se dan por compromiso. Sentí su calidez
humana, su ternura. Me hizo sentir muy
bien, feliz y llena. Nos habíamos dado el número de teléfono y me pidió que le
fuera diciendo cosas, por donde andaba.
A la mañana siguiente, cuando me levante ya se había ido
(eran casi las seis de la madrugada). Vera ha terminado ya el camino Santiago,
incluso camino hasta Finisterre. Lo consiguió, a pesar de qué tenía una pierna
tocada y los dedos con ampollas.
Comentarios
Publicar un comentario